miércoles, 1 de abril de 2009

El último adios

En medio de una oscura y extensa noche, un niño de apenas cuatro años caminaba junto a su madre a lo largo de unas desconocidas calles, calles que ni su madre había visto antes. Ella sabía lo que hacía y a quién estaba buscando, pero aquel niño iba desesperado y desconsolado a la vez, preguntando a su madre a donde iban y por qué, preguntas que su progenitora no respondió durante la maratónica caminata.
Calles y casas iban y venían, el reloj no se detenía, y aquella señora sólo preguntaba por una mujer, mujer a la que al parecer se la había tragado la tierra, puesto que nadie la conocía.
La dama, como toda una policía, seguía caminando y preguntando, arrastrando a su hijo mayor por un brazo. Aquel infante seguía interrogado, pues aunque tenía poca edad sabía que nada bueno estaba pasando.
De repente un transeúnte dio información a la señora acerca de esa mujer a la que buscaba “como palito e´ romero”. Fue así como pocos metros más adelante encontró el lugar, su hijo ahogado del agotamiento, quedó más asombrado luego de que su madre, estaba entrando en una casa desconocida “como perro por su casa”, la cual recorrió con unos cuantos pasos debido al pequeño espacio que poseía.
Al llegar en la parte trasera el pequeño centró su mirada en un hombre que se encontraba recostado a una pared, no desvió ni por un segundo sus ojos, y estaba cada vez más confundido, ese hombre era su padre y estaba junto a una mujer desconocida, se preguntó por un rato quién era ella, donde estaba, y más aún, por qué su padre estaba ahí.
De inmediato surgió una conversación de las cuales el niño sólo recuerda palabras claves, su madre preguntó a su padre si se iba o se quedaba, a lo que él sin pensarlo mucho respondió: “váyanse porque yo me quedo aquí”. La confusión del niño se hacía cada vez más grande, se preguntaba porque su padre se quedaría ahí, porque no lo llevó en su vehículo a casa y lo dejó regresar sólo nuevamente por esas oscuras y peligrosas calles, porque seguía allí junto a esa mujer y no acompañó a su madre.
Durante muchos años esas preguntas siguieron en su cabeza sin encontrar respuesta, y en 15 años fueron pocas las veces que el niño vio a su padre luego de que él abandonara su hogar yéndose quién sabe a dónde, con quién, y por qué. Aquel chiquillo se hizo adulto sin la compañía de un padre junto a sus dos hermanos menores, y fue mucho tiempo después de esa noche que comprendió lo que había pasado en ese lugar y ese momento.
Una noche, luego de llegar de la universidad el joven recibió una llamada, era su padre, quien luego de mucho tiempo, y sin aparente razón se comunicó con él; el chico preguntó que quería y aquel hombre le confesó a través del teléfono que le habían diagnosticado un cáncer de piel. El primogénito realizo otra pregunta: ¿y por qué me cuentas eso?, ¿Qué te hace pensar que tú me preocupas?, a lo que su padre tan confundido como su hijo 15 años atrás preguntó ¿Y por qué no te interesa? ¿Es que a ti no te importa lo que le pase a tu padre? ¿Mi padre? Respondió el joven con una voz irónica, mi padre dejó de existir hace 15 años cuando en medio de una oscura y tenebrosa noche a mis cuatro años se despidió de mi con un último adiós.
XXX
Arnoldo Coy
Enero de 2009

No hay comentarios: