martes, 4 de agosto de 2009

El guampirray de Paraguaypoa

La vida del indígena Alejandro Fernández
El Guampirray de Paraguaipoa
Su mamá murió mientras él nacía. Su destino solitario quedó marcado desde ese instante cuando la responsabilidad materna quedó en las insensibles y despreocupadas manos de su padre Alberto Fernández.
Debido a la ausencia de su madre el niño fue alimentado con leche de una burra negra pues es la más recomendable –tradicionalmente- por las castas guajiras. Raza a la que pertenece el pequeño Alejandro.
A pesar de nacer en cuna de oro, por la posición económica de su familia, el chiquillo creció en la vivienda de su padre -en la zona de Paraguaipoa- en un “hogar” lleno de conflictos y rencores donde los valores y el amor no eran parte de la vida del infante. Tanto su progenitor como su madrastra ignoraban al pequeño en todo momento.
Estos problemas se acentuaron con la llegada de sus medios hermanos. La escasa atención y cariño que recibía Alejandro terminó de desaparecer y ellos fueron desde entonces el centro de atención. Llegaba la hora de comer y todos se acercaban a la mesa, todos a excepción del primogénito, Guampirray, seudónimo familiar y de casta, comía en el piso. “Tú no comes en la mesa, te quedas ahí” era lo único que le decían sus siete hermanos.
Guampirray (ave llamada también zanca larga) es un apodo dado por su familia pues desde pequeño fue una persona muy conversadora y amistosa.


A pesar de no asistir al colegio aprendió a leer y escribir. Y descubrió en las matemáticas y la historia una fascinación que disfrutaba mientras leía cada libro.
Alejandro pudo lograr esto gracias a un amigo y maestro que le aconsejó y formó durante su crecimiento.
“Siempre le gustó leer y conocer sobre el mundo. Tomaba los libros para viajar dentro de su mente y descubría en ellos lugares inigualables”, comentó una de sus nietas María Gracia González.
Cuando él era niño su padre lo llevaba a fiestas de sociedad donde conoció a mucha gente que le ofrecía trabajo de músico, potrerista, tejedor, palabrero, pescador, lechero. Esto le motivó a desempeñar distintos roles a lo largo de su vida.
Cuando tenía 12 años se fue de su casa y comenzó a trabajar, siempre le ha gustado el campo y la naturaleza y ha disfrutado de cada uno de sus oficios.
A la edad de 18 años conoció a Eulalia González, una adolescente de 16 años con quien decide casarse y formar una familia. Al poco tiempo se mudó a las afuera de Maracaibo, donde vive aún y ha vivido sus mejores años.
Tuvo siete hijos y para poder mantenerlos y sustentarlos tuvo que conseguir un trabajo consolidado por lo cual logró ingresar como obrero en la Universidad del Zulia.
En su nuevo trabajo desempeñó las labores de limpieza, mantenimiento y cuidado de las instalaciones del núcleo de ingeniería de la universidad. Laboró allí durante 40 años aproximadamente. Él describe esa época como una de las “más memorables de su vida” pues disfrutaba de su trabajo, del compañerismo entre los demás obreros y el roce amigable con los estudiantes que transitaron por la facultad.

En su transcurso por la Universidad del Zulia tuvo la oportunidad de participar en un evento cultural dedicado a las expresiones indígenas. Ahí él pudo demostrar una de sus tantas habilidades y tocó el tambor en estos encuentros culturales universitarios.
Hace 10 años Guampirray decidió regresar a la tranquilidad de su hogar. Sus hijos, ya crecidos, y su esposa que necesita dedicación le apoyaron en su decisión pues después de levantar a su familia ya tenía un merecido descanso.
“Ha sido un padre incondicional, excelente amigo y cómplice. Desde niños, con sus historias nos trasladaba a mundos mágicos de mitos y leyendas de nuestra cultura”, dijo su nieta.
Todo el amor negado por su descuidado padre y los abusos emocionales que recibió por parte de su madrastra y medios hermanos fue su impulso para formar una familia donde existieran estos valores que él no recibió en su hogar.
Vive feliz junto a su esposa, sus fascinantes historias y sus conversaciones “guampirrayeras” que lo hacen diferente en su familia y distinguido entre la raza indígena.
Hoy en día, Guampirray de 83 años, lo único que desea es poder regresar a su tierra en la Alta Guajira para morir allá y poder cruzar la frontera de lo terrenal para poder estar junto a su madre muerta. Su padre, hoy fallecido, es parte de un pasado lleno de obstáculos que le llenaron de fortaleza para ser quién deseó ser en la vida.
Su orgullo pudo más que el amor pues cuando su padre, Alberto Fernández, murió no lo fue a visitar ni a ver por última vez sus restos. Este es el único rastro de rencor o tal vez de miedo que guarda Guampirray en su corazón.
Una vida moldeada por el dolor de la infancia y su amor adolescente han formado el carácter contundente pero atractivo del Guampirray más conversador de Paraguaipoa.